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Una vuelta al Ambato

La memoria y la identidad se construyen haciendo un doble ejercicio: mirar hacia atrás y hacer permanecer. Invitamos a descubrir las Sierras de Ambato: para percibir e integrar esa historia que está ahí, al alcance de todas las personas, y que forma parte de nuestra vida. Co-crear áreas protegidas, como una manera de mantener vivo ese legado cultural, honrar los orígenes, las formas de vida y producciones actuales, junto a la conservación de los bienes naturales.

Las Sierras de Ambato se erigen en la región central de la provincia, como una columna vertebral rodeada de vida a su paso. Los matices naturales son tan diversos que parecieran muchas regiones en una: Yunga con verdes intensos, un Bosque chaqueño pintado de quebrachos y algarrobos, la Prepuna y esos cardonales antiguos que parecieran tener memoria. Montes de Sierras y Bolsones: estepas arbustivas que caen silenciosas por los valles. Los Altos Andes, ecorregión que nos conecta con el resto de América Latina. Un crisol de ecorregiones.

Pero no solo se trata del verde y la naturaleza exhuberante: en cada uno de los rincones de las Sierras de Ambato hay historias, leyendas, formas de vida que componen un vasto patrimonio cultural.

Un reconocido antropólogo, Llorens Prats, definió al patrimonio cultural como un conjunto de bienes tangibles e intangibles, que se hallan en una cultura o en un pueblo. El patrimonio se constituye no solo como aquello que se percibe desde el entorno natural, sino también eso que sentimos o percibimos cuando contemplamos lo que nos rodea. La idea de patrimonio también es dinámica, ya que no es algo que comienza y termina, sino que se puede transmitir de generación en generación, se recrea constantemente.

Es en este sentido que las áreas protegidas son una oportunidad para la permanencia del patrimonio cultural y natural de este pedacito de la Argentina.

El Manchao: el hechicero del alto guarda nuestra memoria

Se cree que la palabra “Ambato” proviene del dialecto kakan –la lengua de las comunidades Diaguitas que habitaron esta zona– y del quechua “An-Huatu”, que significa “hechicero del alto”. “Manchao”, se compone de la raíz “manch”: miedo, y “ao”: lugar. Es decir, el cerro Manchao: el punto más alto del cordón montañoso, el lugar del miedo.

Hay quien dice que a los cerros se les pide permiso para escalarlos, para transitar sus senderos, ofrecer una plegaria, dejar una apacheta, mostrar respeto. El Manchao convoca a un misticismo particular. Tiene una impronta imponente, de laderas abruptas y rocas prominentes, y su cima, de 4.552 metros de altitud sobre el nivel del mar, está a veces teñida de blanco por las nevadas.

Hay en esta imponencia múltiples historias que se tejen en la memoria de los pueblos. El diálogo de saberes y la sacralidad de la naturaleza en torno a lo que se percibe del lugar, cobra vida en imágenes y testimonios de los habitantes de estas tierras.

Una canción que seguirá siendo cantada

Considerar el patrimonio cultural, apreciarlo en forma de canción, poema, leyenda o relato nos conecta con lugares y personas. En este sentido, las áreas protegidas deben contemplar estas expresiones para que puedan perdurar no solo los bienes naturales y sus maravillas, sino también las identidades de las comunidades que viven allí.

Andando por esos caminos, tal vez logremos percibir e integrar esa historia que está ahí, al alcance de todas las personas, y que forma parte de nuestro patrimonio. La memoria y la identidad se construyen haciendo ese doble ejercicio, mirar hacia atrás y hacer permanecer. La conservación implica todo esto.

Co-crear áreas protegidas es una manera de mantener vivo ese legado cultural, honrar los orígenes, formas de vida y producciones actuales junto a la conservación de los bienes naturales.

Por Diana Belén — Licenciada en Educación, Universidad Nacional de Córdoba.

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